jueves, 12 de mayo de 2016

MANHATTAN


El momento y el lugar conspiraron para que fuera un amor a primera vista.

Ella cayó rendida ante la profundidad de aquellos ojos oscuros, la luminosa sonrisa y la seguridad de sus movimientos, que muchos consideraban engreimiento. Fabio estaba en el umbral de los treinta años. Combinaba su privilegiada inteligencia con una asombrosa mezcla de suerte y audacia, lo que le había permitido llegar a vicepresidente en una importante compañía multinacional. El porte, la posición y la ostentación, rodeaban su vida. Aquel joven bronceado, de cuidada cabellera oscura y pícaros ojos azules, vivía rodeado de admiradoras, era dueño de un lujoso penthouse en el East Side, cerca del Met, y frecuentaba los bares de los alrededores, para deleitarse con los caprichosos acordes del jazz, casi siempre acompañado de alguna despampanante modelo, degustando un buen cigarro y un fino coñac.

Bárbara, vacacionaba en Nueva York con un grupo de amigas. Era la hija mimada del General Benítez, un militar con considerable fortuna en Guate-la-mala. De su madre, una famosa vedette llegada de lejanas tierras, había heredado la enigmática belleza, la cabellera cobriza, los esplendorosos ojos color esmeralda y una grácil figura que provocaba miradas de admiración hasta en los impertérritos transeúntes neoyorkinos.

Cupido los llevó a encontrarse, en un pequeño bar, cerca de la 72.

Un mes después, Fabio bajó a ese país, que en los atlas era solo un punto en el ombligo de América, para consolidar su conquista. Con una mezcla de hastío y sarcasmo observó su folclore, sus exóticos paisajes y las extrañas costumbres de sus habitantes. Se le hizo difícil asimilar el atraso de aquel lugar “en donde ni siquiera tienen un McDonald’s en cada pueblo”, como escribió a un amigo. Sin embargo la fortuna, que el destino ponía a su alcance con una bella mujer incluida, era irresistible. 

Su futuro suegro le pareció ridículo. Por más esfuerzos que el General hacía por comportarse como un potentado, no lograba ocultar su rusticidad. El veterano militar, con una silueta que recordaba a las barricas de roble, lo recibió con los brazos abiertos. Fabio representaba la culminación de sus sueños: ¡Su niña estaba por casarse con un ejecutivo de elevada posición en la capital del mundo! Era evidente que su futura suegra, había dilapidado una fortuna para retener a la esquiva juventud. La pellirroja Marie, como pedía que le llamaran, se las ingenió para coquetearle, sus veladas insinuaciones daban a entender que ansiaba catar lo que su hija degustaría muy pronto. Con el primogénito del General y futuro cuñado, el mal encarado mayor Benítez, nació -desde el primer instante- una mutua antipatía. Como dicen por esas tierras, no hubo química entre ellos.

La boda se celebró en una serena ciudad, en donde el tiempo se había detenido y que retenía en cada rincón, vestigios de su esplendoroso pasado colonial. Fabio se sintió como animal exótico. Los invitados querían conocerlo, tocarlo, tomarse fotografías con él. Respiró aliviado cuando partieron de luna de miel por el Mediterráneo. Luego de tres semanas, regresaron a vivir a Manhattan.

* * * * *

Apenas seis meses después el gusanito de la infidelidad comenzó a corroerle. Era algo difícil de explicar. Con Bárbara, tenía lo que cualquier hombre podía ambicionar: una esposa de espléndida belleza, la amante de ensueño que satisfacía todos sus caprichos y alguien a quien le sobraba el dinero. Sin embargo, sentía el irresistible deseo de conquistar, anhelaba el desafío, el trofeo que solo obtiene el vencedor.

Bárbara, realizada, no sospechaba las inquietudes de su marido.

En septiembre, el insoportable calor ,cedió su lugar a las refrescantes brisas otoñales. Fue cuando el hermano de Bárbara, llegó a visitarles.

(Pocos conocían el inconfesable pasado oculto tras las numerosas condecoraciones que adornaban el uniforme del mayor Benítez. Aunque la guerra en su país había concluido, sus habilidades seguían siendo valoradas para neutralizar a los activistas que reclamaban por los abusos cometidos durante el conflicto. Benítez seguía mostrando su eficacia en las labores de búsqueda y eliminación, solo que ahora, en un nuevo escenario de combate: la jungla urbana).

Fabio aprovechó que ella dedicaba mucho tiempo a su hermano, para volcar sus atenciones en Melissa, una voluptuosa mulata dominicana, que con sus ardientes dotes amatorias, no solo le estaba sorbiendo su esencia, sino hasta el sentido común.

Una mañana, que tenía planeado ver a su nueva conquista, Bárbara lo detuvo en la puerta del apartamento, y sonriendo, le mostró tres boletos para la obra de moda en Broadway.

Amor mira la sorpresa que tengo. Hoy es un buen día para que salgamos los tres.

Fabio, haciendo un esfuerzo, le respondió con la más seductora de sus sonrisas.

Cómo lamento que me lo digas hasta ahora.  Hoy llegan a la oficina unos árabes, están interesados en hacer negocios con nosotros. No sé a qué hora quedaré libre.

Darling please. Te he estado observando, sé que no te gusta relacionarte con mi hermano, ¿podrías hacer una excepción por mí?

Él alzó los ojos al cielo, consultó su reloj y contestó sin mirarla.

Okay, sabes que por ti soy capaz de todo. Vendré por ustedes a las siete.

Ella guiñó un ojo y le obsequió una sonrisa picaresca.

Gracias amor, más tarde te compensaré por esto.

Fabio subió al coche, llamó a su secretaria y le reiteró que estaría incomunicado el resto de la jornada, luego desconectó el móvil y se aisló del mundo. Su reluciente BMW rugía, al dirigirse hacia el acogedor apartamento que había alquilado en Long Island.

* * * * *

Ella tomaba café con su hermano cuando escucharon la primera noticia. Casi de inmediato, todas las estaciones comenzaron a trasmitir el acontecimiento. En un abrir y cerrar de ojos, los habituales semblantes despreocupados de los neoyorkinos, se transformaron en gestos de terror. Bárbara intentó en vano localizarlo. A punto de volverse loca, convenció a su hermano de salir en su búsqueda. Les fue imposible vencer el empuje de la marea humana que pugnaba por escapar de allí. Con el paso de las horas ella comenzó a rendirse ante lo inevitable. 

* * * * *

Eran casi las cinco de la tarde, cuando Fabio y Melissa culminaron su apasionada maratón amatoria. Melissa había estado tan complaciente, que las horas fueron insuficientes. Abandonaron el lugar abrazados, se dieron unos últimos besos y convinieron que la siguiente semana volarían a Punta Cana para seguir saciando su lujuria.

Él encendió el móvil. Al ver tantas llamadas perdidas decidió responderle. Al otro extremo escuchó su voz angustiada.

Darling ¿En dónde has estado?

Con un tono de fastidio le respondió.

¿Qué te pasa? ¿Olvidaste que te dije que estaría todo el día en la oficina? La reunión duró más de lo esperado, hasta ahora estoy saliendo. Espero que ya estés arreglada…

Escuchó un golpe seco. Tras unos segundos, el auricular le trasmitió la fría voz de su cuñado.

Espero que tengas una buena explicación a esto, mother fucker.

Colgó con gesto descompuesto y comenzó a golpear el timón.

Esto me saco por enredarme con una familia de salvajes.

Encendió la radio… posiblemente fue el último residente de la “Gran Manzana” en enterarse de lo ocurrido. Un sudor helado recorría su cuerpo. Le faltaba el aire. Movió el carro a un costado.

Entonces, por primera vez, reparó en el inexplicable vacío que había frente a él. En el horizonte habían desaparecido el par de conocidas siluetas de los edificios, en donde supuestamente había pasado el día. En su lugar, una espesa columna de humo se elevaba hacia el firmamento. 

Caía la tarde del 11 de septiembre del 2001.

miércoles, 11 de mayo de 2016

DEL OTRO LADO


Perdí la cuenta de las veces que noté la amargura, en tu gesto, cuando te despojabas de la máscara. Hubiera querido estar a tu lado, levantarte el ánimo, recordarte lo que tenías y que muchos ambicionan para ser felices. En los escasos momentos que te veía, no llegué a entender el vacío que leía en tu mirada, la depresión dibujada en tu rostro, ese rostro que solo conmigo mostrabas, nuestro secreto.

Acabo de verte así. Me horrorizó la resolución en tu mirada. Grité, quise detenerte cuando observé que alzabas la mano, el arma que sostenías, esa inspiración profunda, esa última sonrisa, la seca detonación, cómo te desplomabas y la aureola escarlata que rodeaba tu inerte cabeza. 
Nuestro secreto se desvaneció con tu último suspiro. Porque al tiempo que tu existencia se extinguía, acabó también la mía, atrapado acá, detrás del espejo.

martes, 10 de mayo de 2016

DIA DE LA MADRE


I

María se levantó con los primeros rayos del sol. Su mirada recorrió el pequeño rancho, con pocos bienes materiales, pero que rebosaba de amor. Sonrió al recordar cómo, la noche anterior, con el José habían sofocado los gemidos para no despertar a los niños. En un rincón, dormían sus dos hijos, envueltos en chamarras multicolores. Estaban en plena temporada de lluvias, el aroma a tierra mojada saturaba el ambiente. Un concierto de gorjeos amenizaba la mañana. María encendió la leña y calentó frijoles con tortillas del día anterior. Minutos después, dieron las gracias y desayunaron. Al terminar, les prometió que estaría de vuelta tres días después.

II

Disimulados en la oscuridad, unas sombras rodearon el rancherío.  Horas después, espesas columnas de humo salían de los ranchos y se elevaban hacia el firmamento. Al amanecer los grillos se negaron a saludar la llegada del sol.  Callaron porque temían que sus cantos revelaran lo que habían presenciado y que los verdugos reaparecieran para silenciarlos.



III

La lengua húmeda y pegajosa que recorría su rostro la trajo de vuelta a su soledad. Medio dormida, agitó las manos para ahuyentar al perro que le mostraba su cariño. Llovía. El frío calaba hasta los huesos. En el claroscuro del amanecer, decenas de siluetas se alistaban para otro día de penurias en la selva. Alguien recordó que era el diez de mayo. El grifo de sus ojos se abrió y entre gemidos lanzó al viento sus lamentos.

¿Por qué Dios no permitió que ella también partiera con José y sus hijos? 

¿Por qué precisamente el día, en que aquella gente sin corazón arrasó la aldea, ella se encontraba en otro pueblo visitando a la comadre?

Mientras envolvía los restos de dos tortillas tiesas y unas yerbas amargas, su único alimento para la jornada, la sorprendieron unas pataditas en el vientre. Entonces recordó aquella última noche con José y entendió la razón de sus malestares recientes. Bañada en llanto comprendió que Dios respondía a sus reclamos y que le estaba enviando una razón para vivir.

lunes, 9 de mayo de 2016

LA MERCED


Una larga fila, formada por mujeres maduras vestidas de negro, hombres de ceñudos semblantes y jovencitas de gesto recatado, comenzaba en el atrio de la iglesia y llegaba hasta el confesionario. En otro momento, él se hubiera retirado, o dejado el asunto para el día siguiente, pero era Jueves Santo, así que se ubicó al final, procurando protegerse del sol del mediodía.

La  fila parecía una zigzagueante serpiente, arrasándose lentamente por la explanada de piedra que rodeaba a aquella iglesia edificada en la época colonial. Era una antigua construcción con gruesas paredes oscurecidas por el humo de las candelas y descascarados retablos en donde mostraban imágenes con cara de estar sufriendo un tremendo retorcijón de tripas.

“Acúsome padre que he pecado” ¿Es eso lo que debe decirse luego del “Ave María sin pecado concebida”? En teoría, él debía saberlo. El gran pecado conceptual, la sombrilla de todos los pecados, era que él, a sus cincuenta años y luego de cuarenta de haber recibido la primera comunión, ignoraba el significado de la palabra pecar. Toda su vida había cumplido las reglas, respetó a su padre y a su madre, fue fiel -de pensamiento, palabra y obra- a la mujer que Dios le concedió por esposa, educó a sus hijos en la fe cristiana, honró sus deudas, jamás tomó nada ajeno, no blasfemó, daba limosna a los pobres, amó a su prójimo y puso la mejilla izquierda cuando le habían abofeteado la derecha. En otras palabras, aprovechó su visita a la tierra, para no dejar escapar la vida eterna.  

Tal vez no era el caso de la provocativa mujer que iba dos lugares delante, o del mal encarado hombre que le antecedía, un tipo con un inmenso sombrero, gruesas cadenas de oro al cuello y la muerte reflejada en la mirada a quien, sin disimulo, vigilaban cuatro custodios morenos, con el pelo cortado al rape, botas puntiagudas y jeans. Ni siquiera esos malos pensamientos cruzaban por su mente.

Tomás, así se llamaba nuestro personaje, llevaba más de media hora en la fila y consultó por primera vez el reloj. Le preocupaba haber dejado sola a su Beatriz y no era porque fuera a pasarle algo. Digamos que ella se encontraba ahora, más allá del bien y del mal. Le preocupaba que durante su ausencia, llegara alguno de sus dos hijos con sus familias, como ocurría todos los Jueves Santos, para comer bacalao a la vizcaína y molletes. Beatriz no podría abrirles la puerta. Tendrían que esperar afuera. La casa, y todo lo que estaba dentro, todavía no estaba presentable.

Habían pasado cuarenta minutos y todavía quedaban seis almas, ansiosas de recibir el perdón, antes que él. Esa fila estaba resultando más pesada que cualquier penitencia que le fueran a imponer. Calculó que, si se daba prisa y no encontraba obstáculos en su camino de regreso, llegaría a su casa alrededor de las dos. En eso recordó que había pasado por alto un pequeño detalle. Tenía que pasar a la Barraca de Nicanor, a comprar bacalao ya preparado. Este año Beatriz no lo había cocinado. Le urgía comunicarse con sus hijos. Buscó en todo su cuerpo, pero fue en vano. En su precipitada salida, había dejado el móvil sobre la mesa de noche.

̶ Ojalá que Nicanor haya hecho suficiente bacalao este año. Si no, tendremos que comer pollo. Otro disparate para recordar este Jueves Santo.  ̶ Murmuró haciendo una mueca extraña.

Luego de una hora en la fila, por fin entró el mal encarado. Tomás se secó el sudor, le dolían los pies, el arma que llevaba al cinto le pesaba más que el cargo de conciencia. Ignoraba si tendría fuerzas suficientes para regresar con Beatriz luego de hacer lo que tenía planeado, o si luego de salir del confesionario se desplomaría en una banca a esperar las consecuencias de su acto. Luego de diez minutos, tiempo que se le hizo eterno, el sombrerudo seguía dentro. Los que estaban detrás de él, desesperados, desaparecieron. Era obvio que les importaba más el vacío en el estómago que la absolución. De pronto escuchó gritos en el confesionario.

̶ ¡Maldito cura! ¡¿Cómo que, luego de que te he contado todo, no puedes perdonarme los pecados?!

La iglesia retumbó con cinco detonaciones. Los escasos fieles que estaban en las bancas, se lanzaron al suelo. El sombrerudo salió y dijo a sus hombres.

̶ Vámonos de aquí. Este lugar es una estafa.

Por debajo de la silla del confesionario comenzó a salir un riachuelo de sangre. Tomás se persignó y se alejó trastrabillando. Bañado en llanto, se deslizó contra una de esas centenarias paredes, hasta caer sentado sobre el suelo de piedra. Con mano temblorosa, sacó la pistola que llevaba al cinto y la arrojó lejos. Luego comenzó a gemir.

̶ Dios mío y señor mío ¡Perdóname! Hace dos horas, cuando me arrebataste a mi Beatriz, dejé de creer. Lo que acaba de pasar me ha mostrado tu poder y tu misericordia. Sabía que el cura no tenía la culpa, pero deseaba vengar, en uno de los tuyos, lo que tú me habías hecho. Gracias Señor por haber puesto al sombrerudo delante de mí. Él se manchó las manos de sangre y yo podré retirarme con la conciencia tranquila. Ahora recibiré a mis hijos, honraremos la memoria de mi amada y te la traeremos mañana para que la bendigas en su camino a tu Santo Reino.

La policía llegó. Los escasos fieles señalaron a Tomás, el arma que había arrojado.

Tomás había echado a correr. Le urgía ir a la Fonda de Nicanor, comprar el bacalao y estar de vuelta en su casa antes de que llegaran sus hijos.

Cuatro certeros disparos, pusieron fin a sus angustias.

domingo, 8 de mayo de 2016

Torre de Tribunales


Por fin sale el sol. No dormí bien. Me siento nervioso, con temor.  A las ocho tengo que atestiguar, en un juicio por lavado de dinero, en la Torre de Tribunales.

El taxi nos dejó cerca de la entrada, me acompaña Ubaldo, la persona que me ha estado asesorando para dar mi declaración. Creo que este Ubaldo erró la profesión, parece coach de equipo deportivo, no para de animarme, de decir que sí puedo lograrlo. Me muerdo lo labios, quisiera aclararle que me está alterando los nervios.

El abogado no ha llegado y no contesta el teléfono. Falta más de una hora para la audiencia. Le digo a Ubaldo que vayamos a tomar un café. Creo que escogimos mal el lugar. Es pequeño, con mesas y sillas de pino rústico. Se nos acerca una niña que apenas llegará a los quince años y con, por lo menos, siete meses de embarazo. Nos dice que hay huevos revueltos y a la ranchera, con frijoles y plátanos. Le decimos que solo queremos café (por no decir que queremos salir corriendo). Al lado nuestro, unos guardias de presidios comen en silencio, sus armas están recostadas contra la pared. Hago unos rápidos cálculos y concluyo que, si nos agarra un temblor de seis grados, terminaré con un par de láminas sobre la cabeza y un par de tiros en las piernas.

Pagamos y nos dirigimos a la garita de entrada. No permiten que Ubaldo ingrese la computadora. El taxista se ha marchado, tenemos que llamarlo para que vuelva y nos la guarde. No hay problema, es alguien conocido.

El abogado nos envió un mensaje por whatsapp para que nos juntemos en el décimo nivel. Quisiera largarme, siento que me está utilizando, que no tiene otra cosa que exponer como prueba. Decidí que me limitaré a decir los hechos que están en el informe, que se emitieron cheques a nombre de los acusados y que los acusados no eran ni empleados, ni proveedores de la empresa. Será problema de los abogados si logran usar eso para su caso.

Tomar los ascensores es un suplicio. Hicimos cola más de quince minutos. Por fin logramos subirnos a uno. Pobres las mujeres que pasan por esto a diario. Veo cómo los hombres las arrinconan contra las paredes del ascensor con total descaro.

En el décimo nos dicen que la audiencia será en el séptimo, pero que debo dejarles mi DPI. También nos dicen que nos apuremos, porque la audiencia está por comenzar. Preferimos bajar las gradas.

La audiencia no ha comenzado. Tenemos que esperar en el corredor. Me presentan al representante de la empresa que entabló el juicio. El tipo me cae mal desde el inicio, es lo que llamamos acá un “come-mierda”. Le pregunto cuál es su expectativa de eso y me dice que no les interesa recuperar el dinero, que el director financiero de la empresa quiere que manden a los acusados a prisión. Recuerdo que en nuestro informe, era obvia la negligencia de la empresa al no contar con controles suficientes y que eso permitió el fraude. Ahora resulta que ese director financiero, el responsable de no haber controlado nada, evadirá su responsabilidad a cambio de enviar a la cárcel a este par de acusados, cuyo pecado fue haber servido de instrumentos para el robo del dinero.  El que aprovechó los frutos del desfalco, el contador que libremente sacaba dinero de la empresa, sin que nadie se diera cuenta, sigue prófugo. No estará en el banquillo de los acusados.

En las bancas de al lado están los dos detenidos. Siento tristeza por el señor, casi un anciano, al que acusan de haber lavado casi un millón. Se dedicaba a taxista, su pecado fue, que el dinero pasó por su cuenta bancaria. Es obvio que lo utilizaron. Una mujer, llorando, toma sus manos engrilletadas. Le llevó un termo con café. Siento congoja al ver sus caras de preocupación, el abandono en que se encuentran. Me pregunto si seré parte del sistema que lo enviará, a prisión, por lo menos diez años.

Pasan los tres jueces, luego nos ordenan ingresar. El sitio es como se ve en las películas. Los jueces, con sus togas negro zopilote, en un área más elevada. Abajo, al lado, la secretaria que está tomando notas. Me asombra cómo esa mujer, que al menos tendrá cuarenta años y con el pelo teñido de pelirrojo, logró meterse en ese vestido verde tan ajustado. Pero me asombra más, que no se haya visto en un espejo. Su aspecto es patético. La tela resalta sus lonjas. Enfrente de los jueces el sitio de los testigos. A la derecha los abogados de la fiscalía y de la acusación. Al otro lado, los acusados con sus abogados.

Al viejo taxista lo asiste un abogado de la defensa pública. Cuando se identifica, indica que lo nombraron hoy, hace dos horas, para atender el caso. ¿Qué podrá haber hecho, ese jovencito con cara de recién graduado, para en dos horas, leer un expediente de más de mil quinientas hojas? Ni siquiera lo vi hablando con el anciano cuando esperábamos afuera. Esta situación es más patética que la del vestido verde.

Piden a los testigos que nos retiremos mientras la acusación y la defensa presentan sus argumentos. Tres personas salimos, dos testigos de la señora que también está acusada y yo. Ellos ignoran quién soy, les cuento mi papel y en un arranque de sinceridad, les digo que me disculpen, que yo solo informaré lo que encontramos, que no estoy señalando a nadie de ningún ilícito. Ellos me cuentan su versión. Percibo que dicen la verdad. Me conmueve escuchar al esposo, diciéndo que él debería ser el acusado, que él sin querer, la involucró. También me afecta escuchar cómo la fueron a capturar a su casa cuando estaba embarazada y que estuvo a punto de perder a su bebé. Me siento desesperado, quisiera salir corriendo, no me gusta ser parte de esto.

Me han llamado a atestiguar. Intento controlar mis nervios (es primera vez que me toca hacer esto), me entrenaron por más de veinte horas, no puedo fallar. Estoy viviendo un conflicto interior, no estoy de acuerdo con estar acá, con que me usen para condenar a este par de personas. Le pido a Dios que me ilumine para decir las palabras justas, que pueda enfocarme en los hechos de nuestro informe sin emitir juicios.

Terminé de atestiguar, estuve adentro casi dos horas, Salí con la camisa empapada de sudor y con mi DPI. Creo que lo pude haber hecho mejor. Al principio me enredé, menos mal el juez fue benevolente y me permitió rectificar. La parte que  mejor manejé, fue cuando mostré la evidencia.  El abogado defensor de la señora hizo preguntas enfocadas a desligar a su clienta, detecté su estrategia y, por qué no decirlo, la apoye de manera solapada. El abogadillo del anciano taxista hizo un intento heroico para desvirtuar mi testimonio. Fue un momento difícil, detecté la treta y no me dejé enredar. El insistía en repetir la pregunta y yo contestaba lo mismo. Cuando el abogado recurrió al juez para decirle que  me obligara a contestar. El juez lo ubicó y le dijo que, a su criterio, yo había contestado. Otra vez el juez fue benevolente conmigo, creo que trasmití una imagen profesional, que inspiré confianza. ¡Algunas veces importan tanto las apariencias!

La audiencia terminó. Ubaldo, que se quedó perdido entre el público, salió y dijo que lo hice bien, que la sentencia fue condenatoria. Las palmadas que me da en la espalda, los siento como azotes. No me gusta el lugar, no me gusta cómo se manejan allí las cosas, no me gusta que no todos tengan la misma oportunidad de defenderse y que la justicia se inclina por el más fuerte.

Llegué a casa agotado. Fue mucho el esfuerzo físico, pero fue más el emocional. Necesitaba un trago, la verdad… fue más de uno. Casi me acabé la botella de etiqueta negra. Sé que así no arreglé nada, pero quise adormecer mi conciencia para que no me atormenten las pesadillas de ver, a aquel anciano taxista, pasando sus últimos días detrás de las rejas.

REMOLINOS EN EL CAPUCHINO


― ¡Maldita lluvia!

El violento chubasco impedía correr, el frío -que calaba hasta el alma-  te invitaba a permanecer en tu cuarto, a abrigarte de recuerdos, a compartir con tu soledad.  Pudiste haberlo hecho en otra ocasión, pero no hoy. Esta noche era especial. Luego de cinco años de espera, por fin recibiste la carta que tanto ansiabas y querías estar rodeado de gente para leerla.

Horas antes, tu corazón casi se detuvo cuando, un viejo amigo de tu anterior trabajo, te hizo llegar el sobre. Ibas a abrirlo pero una voz interior, te alertó:

“Tómate un tiempo. No te hagas ilusiones. Pueden ser malas noticias.”

Empapado, perseguido por la oscuridad y con la paciencia al límite, llegaste al café de la esquina en donde te esperaba la mesa de siempre. Mientras te quitabas el abrigo, se acercó el mesero de siempre. Las palabras sobraban tras diez años de frecuentar el lugar, asentiste con la cabeza y cinco minutos después, tenías enfrente el capuchino con leche descremada de siempre.

El escenario estaba preparado. Había llegado el momento. Frotaste tus manos y sacaste, de debajo de tu camisa, el sobre que habías protegido de la lluvia. Luego de rasgar el borde con firmeza, fijaste tus pupilas en el papel, un gesto de decepción invadió tu rostro.

“Lamento informarte que el cachorro murió”

Incrédulo ante lo que mirabas, sacudiste el sobre con la esperanza de que así, cayeran otras letras que, tal vez, se habían desprendido en el largo trayecto hasta Guate-la-mala. Nada.

Sentías las incomodas miradas de los ocupantes de las mesas vecinas, algunos sonreían observando tus estúpidos gestos. No estabas dispuesto a hacer el ridículo. Dejaste el sobre sobre la mesa y recompusiste tu máscara de indiferencia. Para liberar la tensión, inspiraste profundo y cual si fueras un torero clavando la espada, introdujiste lentamente la cucharilla entre la espuma del capuchino y la giraste hasta que un diminuto tornado se formó en la copa. En aquel momento tus oídos percibieron algo. Los melancólicos acordes de un bandoneón se abrían paso entre el bullicio del lugar: “Nostalgia”. Una taciturna sonrisa suavizó la rigidez de tu rostro.

―Claudia.  Divina Claudia.

Cerraste los ojos para visualizar a aquella belleza de inmensos ojos cafés, anegados por el llanto, aferrada al cachorro y diciéndote adiós. En tu memoria había quedado grabado cada detalle de la despedida: El círculo dorado que se dirigía al lugar en dónde lo devorarían los nubarrones. Un avejentado taxista, con aspecto de rockero en desgracia, maldiciendo mientras consultaba el reloj. La borrosa silueta de un carro de bomberos que pasaba con su sirena abierta. La inmensa rata gris, que segundos después desaparecería en la alcantarilla. Intrascendentes detalles de todos los colores, olores y tamaños. Atesorabas todos, menos el más importante, ¿en dónde estabas? ¿Por qué no aparecías en ningún recuadro de aquella vieja película? Con el paso del tiempo, te habías convencido que, aquella rata inmunda, eras tú despojado de tu revestimiento humano. Tú, el desgraciado que jugó con sus sentimientos, para después abandonarla como se abandona a la cobija que te dio su calor cuando desfallecías de frío. Tú, el cobarde que prefirió voltearle la espalda, y que pretextando tus responsabilidades, regresaste a tu existencia de autómata y a seguir revolcándose en la repugnante cloaca que llamabas tu país.

Tu mano se cerró sobre el mensaje. Aunque la hoja protestó crujiendo, era demasiado tarde. El daño causado era irreparable. Profundas grietas atravesaban el sexteto de palabras; algunas, las más frágiles, comenzaban a diluirse a causa de una furtiva lágrima que se impregnaba en el papel. Inmóvil, impotente, impasible, observabas lo que sucedía.

Al levantar la tapa de la caja de Pandora de tu memoria, los recuerdos de aquella mañana te abrumaron. Te veías, vagando sin rumbo, esforzándote por conocer lo más que pudieras de ese Buenos Aires al que difícilmente regresarías luego de concluir el seminario,

Caminabas distraído, quien sabe dónde y al atravesar una esquina, aquella mujer te estaba esperando. ¿Quién era? ¿De dónde venía? ¿Cómo se ganaba la vida? Preguntas que se perdieron en la inmensidad de sus luminosos ojos cafés.  Dijo llamarse Claudia, y al percibir tu aire de viajero despistado, se ofreció a servirte de guía.

―En estos días hay poco trabajo. La represión ahuyenta a los turistas.

Aseguró para justificar su arrebato.

Por la tarde, hicieron el amor y a ti, que llevabas más de una década reprimiendo tus desdichas y frustraciones, aquel encuentro te llevó a descubrir la diferencia entre pasión y monotonía. Estaba escrito que, en Buenos Aires, entre besos, gemidos y estridentes reclamos de una cama desajustada, experimentarías por primera vez lo que en realidad era hacer el amor. A la mañana siguiente, mientras estrechabas el menudo cuerpo de Claudia acurrucado junto al tuyo, una angustia -similar a la que se respiraba en tu tierra- te invadió. No era el temor de caer bajo las ráfagas de plomo dedicadas a los enemigos del régimen. Era el temor de que, en once días, se esfumaría esa efímera felicidad, que tan esquiva se había mostrado en tu existencia. Ante lo inevitable, te lanzaste a extraer la esencia de las veinticuatro horas de cada día, de los sesenta minutos de cada hora y de los sesenta segundos de cada minuto que estarías a su lado. ¿Qué si hubo tiempo para algo más que el sexo? Claro, el sexo no era lo prioritario en esa desesperada carrera contra el tiempo. Se convirtió en el complemento perfecto a la necesidad de compañía que anhelaban aquellas mutuas soledades.

Los detalles de aquellos días, adquieren los matices de un lienzo de Monet.

Aquellos puntos blancos, negros y cafés, que se mueven con pasos vacilantes a tus pies, ¿son las palomas que alimentaron en el atrio de ese viejo templo cuyo nombre habías olvidado?

El sabor a tabaco y café impregnado en tu paladar, ¿es de los besos que se dieron, luego de pasar todo un día discutiendo sobre Rayuela, la Maga y si el orden de los factores altera o no el producto, para concluir que una vida no alcanzaría para ponerse de acuerdo?

Los cánticos que retumban en tu cabeza, aquella masa de rostros imprecisos, ¿son los fans en la Bombonera entregados a la demencia colectiva de adorar a un nuevo dios de gambeta prodigiosa apellidado Maradona?

Este desaliento que arrastras desde entonces, ¿es el que te invadía al ir construyendo un sendero de cruces en el calendario sabiendo que irremediablemente te conduciría al calvario de tu partida?

Ese insomnio acompañado de su séquito de lamentaciones, ¿es el que te acompañaba aquellas noches cuando te esforzabas por encajar las piezas del absurdo rompecabezas de tu vida?

Y el tenebroso laberinto, cuyos vericuetos sabes de memoria, ¿es el mismo que recorrías cuando evaluabas las opciones más descabelladas y que te llevaban siempre a la misma conclusión? Que esta desconocida, que tu corazón decía conocer desde el inicio de los tiempos, era una pieza que jamás encajaría en tu existencia. Porque tú no pertenecías a aquel lugar, tú debías regresar a Guate-la-mala, al trabajo que te arrebataba la cordura y a los indiferentes abrazos de la mujer que te esperaba para seguir desgraciándote la vida.

Claudia jamás te pidió nada. Su risa cantarina no alcazaba a ocultar la angustia que más de una vez leíste en sus ojos y que trasmitía un silencioso mensaje de auxilio. El último día, compraron el cachorro. Era un caniche blanco que inspiraba un incontrolable deseo de acurrucarlo entre los brazos. 

―Le pondré Pepe, se llamará como su padre ―dijo ella.

Su desolada mirada había perdido el calor, su cuerpo temblaba. No supiste interpretarlo, pero sus últimas palabras trasmitían un abierto reproche a quien estaba por abandonarles.

Sabías que sobrevolaban Guate-la-mala cuando por la ventanilla observaste aquellas enormes cordilleras, cubiertas de mullidas alfombras, que lanzaban reflejos esmeraldas. Te estremeciste al recordar que allá abajo, una infatigable legión de depredadores,  se afanaban en abonar esa bendita tierra con sangre de inocentes. Te volviste a colocar la venda que te impediría ver, oír o decir la verdad, para asumir de nuevo tu puesto de jefe del departamento de información del Gobierno.

Dos años después, tu compañera se marchó “para rehacer su vida”. Lo más gentil, en su nota de despedida, fueron sus deseos de que te pudrieras en el infierno, sin que ella imaginara, que en realidad te estaba sacando de allí. En menos de tres días, vendiste lo poco de valor que te quedaba, tu viejo escarabajo, el estéreo, la preciada colección de acetatos de the Beatles, the Rolling Stones, the Who y the Doors. El segundo lunes de abril nadie ocupó tu escritorio, nadie supo dar razón de ti.

De vuelta en Buenos Aires, dedicaste más de un mes a visitar los lugares que habían recorrido juntos. En vano la describiste a cada mesero, a cada conductor de taxi, incluso a los vagabundos que se cruzaban en tu camino. Al borde de la locura, llegaste a pensar que aquella aventura había sido otra jugarreta de tu mente. Que Claudia, al igual que muchos dioses venerados por los hombres, había sido sólo un fruto de la imaginación. Una fantasía creada para llenar tu vacío existencial.

Cargando la derrota sobre tus fatigados hombros, regresaste a la tierra que te vio nacer, aceptaste el trabajo de vocero en otra intrascendente institución del Gobierno y te precipitaste a un abismo que te llevó a perder la dignidad, los amigos, hasta el valor de usar aquel revólver que guardabas en la cómoda.

Entonces llegó la nota que hizo sangrar aquella herida que jamás había cicatrizado.

Acariciaste la ajada hoja de papel mientras movías los labios en silencio.

¿Qué será de ella? ¿Habrá encontrado la felicidad en brazos de otro? O te habrá escrito con la excusa la muerte del cachorro, cuando el verdadero significado del mensaje era:

―Pepe, estoy desesperada y sola, ¡te necesito!

No. De ser así habría puesto una dirección, un teléfono. Recuerdas en dónde estás y levantas la vista. El local está lleno de parroquianos, muchos son consuetudinarios como tú. Pero tú no conoces a nadie. Nadie ha penetrado la muralla levantada por este hombre delgado, de temblorosas manos y melancólica mirada, que sentado en la mesa pegada al ventanal de la esquina, pierde su mirada en la oscuridad de la calle, fuma cigarrillo tras cigarrillo y provoca con una rabia apenas reprimida remolinos en su capuchino. Al no tener con quién compartir tus angustias, otra oleada de oscuros pensamientos te invade.

“Tenés razón. La noticia del cachorro era un pretexto. Pero no el que anhelabas. En realidad la nota es una esquela. El réquiem para una relación de doce días, que solo echó raíces en tu desolado corazón.”

Suspiras hondo. Tu mirada adquiere un brillo extraño.

“Tal vez al día siguiente ella vendió al perro. Tal vez cinco años y decenas de hombres después, recordó a aquel idiota que visitó Buenos Aires y que se marchó con la ilusión de volverla a ver. Tal vez, durante la fugacidad de un segundo, sintió lástima por haber jugado así con sus sentimientos, decidió cerrar el círculo que había quedado abierto y redactó esa estúpida nota. ¡Despertá imbécil! El cachorro es solo la imagen de un amor que jamás llegó a madurar.”

― ¡Maldita!

Tu frustración se vuelca sobre el arrugado mensaje. En segundos la mesa se llena de pequeños fragmentos de papel. La angustia que has aprisionado por años, escapa con la siguiente exhalación. Por fin la estás expulsando de tu vida y esta vez será para siempre.

―Sí, para siempre, porque con esos pedazos de papel, que desaparecen en el bote de basura, se esfuma la última razón que me ataba al mundo. Dos cuadras me separan de la pensión, a la que ahora llamo mi hogar. Bastará con que suba las gradas, camine a la cómoda, saque el revólver y…

Te pones de pie, levantas la mano y la agitas. Nadie contesta. Nadie imagina que es tu último adiós. Te diriges a la puerta principal, pero a medio camino cambias de opinión. Si tomas la puerta lateral, caminarás más y a cambio, llegarás más seco.

―No es lo mismo morir mojado que empapado. ―Razonas con ironía.

Al salir, chocas con un tipo, que ni siquiera se disculpa por el atropello. Habrás recorrido treinta metros, cuando el hábito de años, te lleva a palpar un espacio vacío en el bolsillo.

― ¡Mierda! Dejé la cajetilla en la mesa.

Vacilas, no sabes si terminar lo que estás empezando o darle un último chance a tu vicio.  Te decides por el cigarrillo. Frunces los ojos para penetrar la cortina de agua. No hay luz en la esquina. El kiosco está cerrado.

―Qué importa un par de minutos más

Murmuras mientras vuelves sobre tus pasos con la esperanza de recuperar la cajetilla.

Que ajeno estabas de que, segundos después de tu partida, una muchacha de cuerpo menudo, con el cabello castaño empapado y grandes ojos cafés, había atravesado la puerta principal del lugar. Que esa muchacha, de exótico acento, se sentó en la mesa de la esquina, la que acababa de quedar desocupada, ordenó un capuchino con leche descremada y ocultó la cara detrás de sus manos.

Que ajeno estabas de que alguien aguardaba el desenlace de esta historia, resguardado bajo un alfeizar, sonriendo burlón y jugueteando con tu cajetilla de cigarrillos.

jueves, 5 de mayo de 2016

RECUERDOS ESCOLARES


Me estaba aburriendo de lo lindo en el acto de clausura de mi hijo, hasta que divisé a Elizabeth. Ignoraba que ella tuviera un niño en el colegio aunque debí suponerlo, ambos nos  graduamos allí. Sin poder evitarlo recordé aquellos añorados tiempos cuando ella era la diosa de la clase, la chica que protagonizó nuestros primeros sueños húmedos. Mi corazón latió con fuerza al observar cómo el paso de los años había acentuado sus encantos. Con un sobresalto observé que se acercaba y sin importarle la presencia de mi esposa, se apretó contra mí y depositó un cálido beso en mi mejilla.

―Eduardo, que gusto verte. ―Dijo con un insinuante susurro.

Sonrojado, le respondí tartamudeando.

―Hola Liz, el gusto es mío. Te presento a mi esposa.

Un tenso escalofrío me recorrió cuando Susana la saludó.

―Mucho gusto señora de…

―Encantada. Para su información no soy de nadie. En el mundo solo existe un hombre del que me hubiera gustado ser.

¡Mierda! Dije para mis adentros. Hubiera querido abrir un hoyo en la tierra y desaparecer allí.

―Amor ―dijo Susana.

―Guayito está a punto de salir a escena y estamos muy lejos para tomarle fotos. Ven, vamos al frente.

Al alejarnos sentí el garfio de Susana destrozándome la piel. Nos detuvimos a un costado del escenario, un área que nadie ocupaba pues no había árboles que protegieran del sol.

El tono de voz de mi mujer presagiaba una tormenta.

― ¿Quién es esa perra? ¿De dónde la conoces?

― ¿Cuál perra amor?

―Mira Eduardo, no te hagas el chistosito o te armo una escena. Bien sabes de quién estoy hablando.

― ¡Ah! Te referías a Liz, quiero decir Elizabeth. Fuimos compañeros de promoción.

― ¿Y qué hay entre ustedes?

― Nada. ¿Por qué siempre piensas que tengo algo que ver con las mujeres que me saludan?

― Porque eres un puto. Ya te advertí, si te llego a agarrar con otra, te mando a cortar los huevos ¡cabrón!

Dirigí los ojos al cielo y abrí los brazos mostrando mis manos abiertas.

―Ese silencio lo dice todo. ¿Verdad que te has estado viendo con esa puta y fingieron para tomarme el pelo? Ahora entiendo ese cuento tuyo del taller de redacción de los jueves. Al inicio dijiste que terminaba a las ocho, pero las últimas semanas has estado llegando pasada la medianoche. Ya me colmaste la paciencia. Cuídate. Si te dejo, te quedarás sin un centavo y jamás volverás a ver a Guayito.

Sentía los ojos de los asistentes clavados en mí, tenía el traje empapado de sudor.

―Amor, ¿podemos discutir esto en la casa? La gente nos está observando.

― ¡Me importa un  comino! Merecido lo tienes. Me avergüenzas con cualquier mujerzuela y ni siquiera tienes la hombría de reconocerlo.

― ¡Suzy! Te juro que no estoy enredado con nadie. El taller me sirve de terapia para aliviar las tensiones. A veces acompaño a los muchachos a cenar…

A Dios gracias, siempre he tenido buenos reflejos. Un quiebre de cintura me permitió esquivar su bolso en pleno vuelo. Ella se aproximaba con la muerte reflejada en su mirada, mis pies no obedecían la orden de huir…

Una salva de aplausos desvió nuestra atención. Dirigimos la vista hacia el escenario, justo en el momento que Guayito y sus compañeros, hacían la reverencia de despedida. 

―Imbécil. Por culpa de tus devaneos me perdí la actuación de mi muchachito. ¡Mi vida contigo es un martirio! ¡Soy tan infeliz!

La abracé sin decir nada. Ella siguió con sus lamentaciones.

―Te he dedicado mis mejores años, he sido fiel, te amo como nadie lo hará y mira cómo me pagas.

En ese momento sentí el impacto de otra mirada. Dirigí mis ojos hacia el lugar de dónde venía y divisé la silueta de Elizabeth, alejándose con ese contoneo que nos enloquecía en aquellos tiempos de hormonas alborotadas.

* * * * *

Al día siguiente la cocina estaba saturada por un delicioso aroma a tostadas y café, Susana, luciendo un demacrado semblante, me recibió con un tono conciliador:

―Perdóname por lo que pasó ayer. Imagino que sabes a qué se debía. Ya me vino.

Hice grandes esfuerzos para disimular una sonrisa. Tras quince años de casado, tengo cronometrados nuestros días de suplicio mensuales.