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viernes, 10 de junio de 2016

CONCIENCIA


I

Roxana vivió sus últimos momentos intentando ocultarse en aquel oscuro rincón. Observando, paralizada, la fría mirada de su verdugo y con la amargura de dejar a sus herederos, condenados al calvario de permanecer escondidos, perseguidos, marginados… Sabía que, tarde o temprano, serían víctimas de las brigadas de exterminio que operaban con la complacencia del gobierno. Se encogió y cerró los ojos. Un certero golpe acabó con sus desgracias. 

Su ejecutor, con gesto de satisfacción, observó los despojos. Entre los amigos, sin el menor recato, se vanagloriaban en esa macabra competencia de quien liquidaba más marginados. En pocas horas, al desayunar, criticaría la incapacidad del gobierno para controlar la violencia.

(Su esposa era algo más que un cómplice.  Cuando su voluntad flaqueaba, ella le alentaba a continuar.  Le recordaba que los maridos de sus amigas también participaban en esas actividades clandestinas. Ella, que se vanagloriaba de colaborar con varias instituciones de beneficencia, no dudaba en calificar a los marginados de “peste que debía aniquilarse”. Pocos imaginaban que, ese profesional de las finanzas, al regresar a su casa, se convertía en un despiadado asesino.)

II

Roxana vino al mundo como resultado de un parto múltiple, era como la naturaleza compensaba la elevada mortalidad que sufrían. Desde pequeña asistió a las reuniones comunales, que se celebraban en lugares oscuros y a altas horas de la noche.  Sus líderes recalcaban las reglas básicas de sobrevivencia que regían el comportamiento de todos los grupos ocultos en la ciudad: No dejarse ver, no dejarse oír, no dejar rastro de su presencia.  También les inculcaban el principio del bien común:

̶ Si los descubren, huyan en dirección contraria a la colonia. Muchos morirán si descubren nuestros escondites. Hemos sido marcados por un desgraciado destino, tarde o temprano sufriremos una muerte violenta, procuren que su sacrificio no sea en vano.

Otra amarga realidad era que las comunidades sobrevivían en el umbral de la miseria.

(Llamemos a las cosas por su nombre. Robaban, porque ningún invasor establecía relaciones con ellos, tampoco tenían acceso a los servicios básicos que proporcionaba el Estado. Los invasores, únicos ciudadanos reconocidos por la Constitución, y los clandestinos marginados, convivían en dos mundos paralelos, cada uno conociendo y repudiando la existencia uno del otro.)

La pequeña Roxana, Rochy como le llamaban cariñosamente, conservaba un imborrable recuerdo de su niñez.

Aquella noche se habían reunido para celebrar el fin de la temporada de lluvias y para conocer a los miembros de la comunidad nacidos durante el invierno.  Al terminar la comida varios jóvenes, Roxana entre ellos, fueron a conocer los alrededores. Su falta de experiencia, el jolgorio del grupo y la atracción de lo vedado, se conjugaron en una fórmula letal.  De repente, un estallido de luz les encegueció.  La mayoría se dispersó lejos de la colonia, pero algunos pequeños olvidaron lo que les habían dicho y corrieron a buscar la protección de sus padres. A los invasores les bastó con seguirlos, para descubrir el refugio que con tanto cuidado se había construido. La colonia fue puesta en alerta máxima y se redobló la vigilancia. Al reaparecer el sol, y en vista que nada había sucedido, los líderes les ordenaron retirarse a descansar. Era el momento que Roxana esperaba.  Se escabulló del campamento y se dirigió al lugar que habían visitado la noche anterior.  ̶ Que descuidada fui.  Debo encontrarlo.  Si mis padres se enteran... Murmuraba mientras buscaba por el lugar. Unos pesados pasos la obligaron a esconderse. 

El frío de la muerte la invadió al observar cómo un puñado de enemigos avanzaban con las caras cubiertas con máscaras.  Vestían uniformes diferentes a los que conocía, se trataba de alguna unidad especial de exterminio. Estos comandos no portaban armas convencionales, sino pesados tanques a sus espaldas. Los malditos rodearon la colonia y bloquearon las rutas de escape.  A una señal del comandante giraron las llaves de los tanques. Un gas blanquecino, certeramente dirigido, comenzó a difundirse por el área en dónde descansaban sus víctimas. Casi de inmediato, Roxana comenzó a sentir un insoportable ardor al respirar.  Sintiendo que se ahogaba, buscó un lugar ventilado Las fuerzas le abandonaban, sus debilitadas extremidades apenas lograban sostenerla.  Hubo un momento en que su cuerpo estuvo a punto de caer al vacío.

̶  ¡Es el fin, no puedo más!  ̶ Dijo, convencida que ya nada podría salvarla.

Por fin llegó a la cima y se desmayó.

Cuando abrió los ojos, la luz de la luna iluminaba el solitario lugar. Roxana soltó el llanto, su pequeño cuerpo se convulsionaba de dolor y de miedo.  Nada la había preparado para la dureza de lo que estaba viviendo. Ni siquiera albergaba la esperanza de sepultar a sus seres queridos pues los enemigos limpiaban concienzudamente el área en dónde cometían las masacres. Permaneció en el escondite por casi una semana.  Al sentir que desfallecía tuvo que escoger, o moría de sed allá arriba o corría el riesgo de bajar. Hizo un supremo esfuerzo para vencer el terror y comenzó a descender.  Al llegar a la explanada, se dirigió al que había sido su hogar.  Los residuos del gas volvieron a provocarle ardores y náusea, pero ella había decidido no retroceder.

Al meterse por el pasadizo que conducía al campamento. ¡Una escalofriante escena la dejó sin aliento!  El cadáver de uno de sus vecinos yacía petrificado, prendido de una red… Con los ojos anegados en llanto lo reconoció.  Era un anciano al que todos respetaban, alguien que siempre tenía una palabra amable, un consejo y un confite para los más jóvenes. Con el corazón hecho pedazos pensó que otras comunidades más civilizadas le hubieran guardado las consideraciones inherentes a su edad, pero no sus oponentes. La mejor forma de describir lo que encontró del anciano era que de él solo quedaba un cascarón tieso. Roxana acarició los restos de una de sus manos y musitó una palabras, agradeciéndole sus enseñanzas y su cariño.  Ese fue el único cadáver que encontró.  Los invasores habían borrado toda evidencia de sus atrocidades. 

Llegó hasta la que había sido su casa, que ahora estaba invadida por un pesado silencio.  Se acostó, clavó la mirada en el techo y trató de ordenar sus ideas. Cuando se incorporó, estaba dispuesta a salir adelante. Estaba convencida que tenía una misión en la vida, ella sería la responsable de preservar su especie.

En primer lugar, necesitaba integrarse a otra colonia.  Si seguía vagando sola, sus probabilidades de sobrevivir serían nulas. Luego de sopesar diferentes opciones, recordó que en las afueras de la ciudad, vivían unos familiares lejanos y decidió ir a buscarlos. Emprendió su travesía orientándose por la posición de las estrellas, ocultándose en improvisados refugios durante el día. Tras caminar varias jornadas divisó, disimulada entre los centenarios árboles que rodeaban la ciudad, a la colonia que buscaba. Su extraña apariencia hizo que la recibieran con recelo. Cómo había permanecido escondida casi toda su vida su tez era más clara que la de sus congéneres del campo quienes, por no tener que ocultarse, lucían un saludable bronceado.

Roxana estaba en el florecer de su juventud y la naturaleza había sido generosa con ella.  Su agraciada figura provocó más de un suspiro entre los solteros del lugar.  César, el primogénito del líder de la colonia, un joven de fuerte constitución y mirada resuelta -un verdadero macho- como comentaban las jóvenes casaderas del lugar, usó sus influencias para que autorizaran su permanencia.  A Roxana tampoco le fueron indiferentes los encantos del galán. 

Luego de un corto romance, los jóvenes solicitaron permiso para continuar su vida en pareja.  En cuanto lo recibieron, se trasladaron a la vivienda que él había construido. Con el paso de los días un tema comenzó a nublar la felicidad del nuevo hogar, contrario a lo que Roxana ambicionaba, César se mostraba renuente a encargar descendencia.  Sus amigos quienes le explicaron la razón.

̶ Él sueña con ir a la ciudad.  Si se llenan de hijos será más dificil mudarse.

Un día, caminaban por el bosque cuando César le externó sus ambiciones.

̶ Amor, si queremos un futuro mejor, debemos buscarlo fuera de aquí.  No pongas esa carita.  He escuchado historias de las privaciones que se pasan en la ciudad, sin embargo soy joven, fuerte y decidido. Estoy seguro que triunfaré. Quiero para mis hijos un destino mejor.  No concibo mayor frustración que verlos crecer siendo campesinos ignorantes y pobres como yo. Con tu experiencia y mi astucia superaremos cualquier obstáculo. Te ruego que me apoyes.  No quiero llegar a viejo sin haberlo intentado.

Roxana pasó varios días sintiéndose presa de sentimientos encontrados,  finalmente decidió apoyar el sueño de su marido. Sin embargo, en un desesperado intento por diferir lo inevitable, lo convenció de buscar acomodo en uno de los nuevos suburbios poco habitados por los invasores.

Por un tiempo disfrutaron de tranquilidad y abundancia.  César, una vez cumplidos sus anhelos, se mostró anuente a realizar los de ella.  Al poco tiempo Roxana percibió las inconfundibles señales de su inminente maternidad. Los cuatro retoños colmaron de felicidad al joven hogar. César asumió con entusiasmo sus nuevas responsabilidades, multiplicándose para proveer lo necesario para su familia.  Ella permanecía en casa, cuidando a los pequeños. Aunque prodigaba las mismas atenciones a los cuatro, no ocultaba su preferencia por Tito, el único varón, quien era el vivo retrato de su padre.

El tiempo se fue volando y pronto los críos tuvieron edad suficiente para realizar su primera excursión nocturna.  Al caer la noche, la familia en pleno salió de su escondrijo.  Las tres jovencitas caminaban detrás de su madre; Tito, al lado de su padre, exploraba los lugares más alejados. Tuvieron suerte. Esa noche descubrieron un depósito de provisiones de los invasores.  A partir de ese día, Tito acompañó a César en sus correrías nocturnas, algo que acongojaba a Roxana. La tranquilidad del hogar se alteraba cada vez que ella le planteaba sus temores a César.

̶ Siempre te dije que vendría a triunfar. Mira a nuestro muchacho, lo bien que se ha adaptado a esta vida.

̶ Tienes razón, pero no se descuiden tanto.  Recuerda que hay ciertas reglas...

̶ ¡Reglas!  Dime, ¿acaso las reglas salvaron a tu familia?  La única regla que conozco es la de luchar por tus sueños. Riesgos siempre ha habido y siempre los habrá. ¿Por qué no confías en nuestra fuerza y astucia? Los invasores se apropiaron de lo que nos pertenecía porque les dejamos el camino libre, siempre hemos preferido escondernos y huir. Si ni nosotros confiamos en nuestras capacidades  ¿Quién lo hará?

Una noche, el emocionado Tito regresó contando cómo, junto a su padre, habían logrado que un invasor huyera.

̶ Estábamos aprovisionándonos en aquel depósito que ustedes conocen cuando se encendieron las luces. Un invasor nos observaba con los ojos bien abiertos. Era un niño y aunque me aventajaba en tamaño, decidí no mostrarle temor. Comencé a moverme hacia él, mirándole fijamente, cuando estaba a menos de un metro, tensé mi cuerpo y le reté a luchar, ¿adivina qué pasó?  ¡Salió corriendo lanzando alaridos!  En ese momento comprobé que la teoría de papá es correcta. Nos explotan porque nos hemos dejado. Los invasores nos temen tanto o más que nosotros a ellos.

Sus hermanas lo veían con admiración mientras Tito hinchaba el pecho.

̶ Mamá, si hubieras visto el terror reflejado en sus ojos, cuando levantaba mis brazos velludos retándolo a luchar. ¡Fue algo increíble! Con cada paso que daba, él se cubría los ojos y retrocedía. 

̶ Mi amor, estoy segura que con tu agilidad hubieras tenido un buen chance de vencerlo, pero recuerda que ese niño estaba desarmado. Ellos cuentan con una tecnología superior, por eso no nos conviene provocarles.

César intervino.

̶ Jovencito, escucha los consejos de tu madre y prométenos que no harás locuras.

(Dos días después, sin que Roxana o los suyos se enteraran, los enmascarados con tanques a la espalda, reaparecieron.  Esta vez saturaron de veneno los alrededores de la bodega de suministros.) 

César y Tito organizaron su incursión semanal.  Cuando estaban despidiéndose, Roxana sintió un desesperado llamado de su corazón: “¡No los dejes marcharse!” 

̶ ¡Por favor cuídense! Prométanme que retrocederán ante cualquier señal de peligro. 

Iba a continuar, pero la dura mirada de César la detuvo. Ambos se alejaron sonrientes.

Padre e hijo se colaron por debajo de la puerta y sin perder tiempo, comenzaron a tomar lo que necesitaban. Pasados algunos minutos, Tito dejó de hurgar entre las cajas… un profundo silencio le rodeaba.  Algo extraño sucedía.  No se escuchaban los ruidos que debía provocar su padre al estar moviendo las cosas.

̶ Papá ¿estás bien?

Varias veces repitió la pregunta, sin obtener respuesta.  Entonces, corrió hacia donde lo había visto por última vez: conforme avanzaba, sentía que la garganta se le iba cerrando.  La irreconocible voz de su padre le provocó un sobresalto.

̶ Tito, aléjate…  Era una trampa.

Estaba tendido de espaldas, agitaba sus extremidades y era víctima de tremendas convulsiones. Un torrente de espuma blanca escapaba de su boca.

̶ Tu madre tenía razón, debimos ser más cuidadosos.

Tito se debatía entre el dolor de ver a su padre moribundo y la angustia de sentir que también él comenzaba a sufrir los efectos del veneno.  César, a punto de desfallecer, apenas alcanzó a expresarle su última voluntad.

̶ Vete de aquí y no vuelvas nunca a este maldito lugar. A partir de ahora eres el responsable de la familia, cuida a tu madre y a tus hermanas. Diles que mis últimos pensamientos fueron para ellas, que me perdonen por haberles fallado.  ¡Vete! 

̶ No papá…

̶ ¡Vete!

Tito se alejó tambaleante, sintiendo un ardor que le quemaba por dentro.  A duras penas alcanzó a salir de la bodega, segundos después sus ojos, cocidos por el ácido, dejaron de orientarle.  Sumido en la oscuridad, presa del terror y totalmente desorientado, vagó en círculos hasta que las fuerzas le abandonaron.

Roxana encontró su cuerpo casi deshecho al día siguiente.  Conocía muy bien lo que había causado ese daño. Un indescriptible dolor la desgarraba por dentro, al imaginar el tormento que su idolatrado hijo había padecido antes de morir. De su esposo no encontró rastro.  Regresó a su casa presa de una profunda depresión.

̶ La tragedia vuelve a repetirse. Ay naturaleza ¿Por qué eres tan cruel? ¿Por qué permites que tengamos hijos, para que luego los veamos partir de manera prematura?  Perdí a mi Tito, él era la luz de mi vida. En él cifraba mis esperanzas de perpetuar mi estirpe, ahora todo acabó.  ¿Qué sentido tiene el buscar otro compañero y ser feliz unos días, si en nuestro destino está escrito que volveremos a sufrir esto?

Durante varias semanas solo ansió la la muerte. Un día su dolor tocó fondo y comprendió que la vida debía continuar, que sus hijas también merecían una oportunidad de ser felices. 

Alentada por esos pensamientos, recobró los ánimos para retornar a la rutina diaria.  Establecieron contacto con otra comunidad y surgieron pretendientes para sus agraciadas hijas. 

III

La noche en que sucede el desenlace de esta historia, Roxana se vio obligada a salir. 

Los vecinos las habían invitado a comer y ella quería llevarles un obsequio especial. Aunque Rossy, su hija mayor, no le explicó el motivo, Roxana había notado las intensas miradas que su princesa cruzaba con el apuesto primogénito de la otra casa.

El tiempo apremiaba, ella registraba sin mayores precauciones.

̶ Cómo olvidé el regalo.  Son una buena familia.  Debemos quedar bien con ellos...

Por un nefasto designio ella buscaba en el baño de la casa, justo cuando el dueño necesitaba aliviar su vejiga. 

El encuentro fue inevitable. 

Él, para no despertar a su esposa, caminaba descalzo y a oscuras.  Ella, en su loca huída, trepó por su pie. El roce de las patitas, sobre su piel desnuda, terminó de despertarle. Al aguzar sus sentidos, él observó a la cucaracha inmóvil en una esquina. Como no encontró algo que pudiera servirle de arma, salió sigilosamente de allí. En menos de un minuto regresó con un zapato.  Quién sabe por qué, el bicho seguía en el mismo lugar. Él alzó el brazo, lo dejó caer con fuerza y se escuchó el crujido del pequeño cuerpo al ser aplastado. Una blanquecina sustancia se impregnó en la suela. Su esposa, disgustada por el abrupto despertar, le gritó.

-¡Juan Daniel, ven a dormir!  Deja de armar tanto escándalo por una simple cuquita.

Y aquí voy, de regreso a mi cama, acongojado por una interrogante que me impedirá pegar los ojos por el resto de la noche. Preguntándome si Dios, Creador de la vida, aprobará lo que acabo de hacer. Si mi última víctima era simplemente una cucaracha asquerosa, o si como nosotros, habrá tenido una familia, un sueño y una historia que contar...

domingo, 5 de junio de 2016

CUARTO EN ALQUILER


El día había llegado y no lo esperaba tan pronto. Me despertaron los ruidos en el cuarto de mi mentora. Medio dormido, caminé hacia allá y me vi inmerso en un increíble revoltijo. Las gavetas y cajas volcadas en el suelo, exponían a mis ojos las memorias de los años pasados acá. En la cara de mi mentora creí ver un gesto de decepción.

– Discúlpame –Dije bajando la cabeza. – No seguí tus consejos y guardé demasiadas cosas que no me servirán para nada en el viaje de regreso.

Las instrucciones eran claras. Solo permitían llevar una pequeña maleta. El desafío era escoger aquello que fuera más valioso. Llamaba la atención la marca de la maleta: “Enseñanzas”

Más que preocuparme por lo que llevaría, quería dejar limpio el sitio que me había acogido durante mi estadía. Otro ocuparía mi lugar , no deseaba que lo encontrara sucio. Era una tarea titánica. La basura se amontonaba en cada rincón, una materia negra y pegajosa, era imposible reconocer que la formaba. Como no tenía herramientas para realizar la tarea, con las manos iba formando pequeños volcanes que fueron ocupando todo el espacio disponible. Parecía una pesadilla. Cuando parecía que había limpiado un área, minutos después estaba otra vez repleta de esa sustancia, que se pegaba a mi ropa y a mi piel, haciéndome sentir cada vez más pesado.

Di un salto al escuchar el timbre. Había llegado la hora de abandonar el lugar y aún no terminaba. La puerta se abrió, afuera reinaba la oscuridad. Me veía las manos negras, el volcán de basura, la maleta sin llenar. Deseaba quedarme, terminar la tarea, me arrepentía de haber dejado la limpieza para el último momento.

Una corriente comenzó a empujarme hacia la puerta. Grité, estiré los brazos para asirme a mi mentora, pero fue en vano. Había llegado el momento. Ya no pertenecía a este lugar.
Viajaría sin enseñanzas  e impregnado de la basura que no me había logrado quitar.

sábado, 4 de junio de 2016

NOSTALGIA


El llanto, menguado, balbuceante, la vuelve a la realidad. Escucha los latidos de su corazón, inquieto, dudoso. Su cerebro se conecta a la realidad y extiende la mano. Es un proceso lento, lleno de temores y esperanzas. Así llega a la parte de la cama que su cuerpo no ha calentado. Las sábanas frías completan el círculo de su aflicción. En ese momento se pregunta ¿qué estoy sintiendo? La respuesta es obvia: Soledad.

Lleva cuarenta años así. Cuarenta años despertándose al escuchar los reclamos de su bebé. ¿Cómo estará él ahora? Muchas veces lo ha imaginado. Alto, con el cabello negro y ondulado de su padre, los ojos luminosos del abuelo, la sonrisa encantadora de la abuela y el buen corazón de su madre. ¿Será ingeniero, abogado o doctor? ¿Cuántos nietos le habrá dado? Ella siempre quiso una parejita, tal vez mellizos, como Andrea y Paola, sus hermanas pequeñas que también se han marchado.

Veinte minutos después se encuentra en la cocina. El silbido de la jarrilla sobre la estufa, le avisa que el agua está lista, dentro de poco degustará la primera taza de café. Le hubiera encantado que Rolandito lo probara como ella le gusta: fuerte, caliente y sin azúcar.

Se mete a bañar, la ducha helada le corta el aliento. A ciegas toma la bola de jabón de coche para lavarse el cabello y usa la misma espuma para el resto del cuerpo. Con los ojos cerrados se lava las partes íntimas, los abre hasta que tiene la toalla enrollada que antes, se sostenía en su busto y que ahora, debe sostener con las manos.

Pasa la mañana llorando, viendo telenovelas, sufriendo las tragedias ajenas que alivianan el peso de las suyas.
A mediodía prepara un caldo de albóndigas y como siempre, pone dos lugares en la mesa. Cuando alguna entrometida vecina le pregunta, ella responde con seguridad.

̶ Nunca sé cuándo mi hijo pueda venir a almorzar.

Por la tarde sale a caminar al parque. Solo necesita cruzar la calle para llegar. Una tarea cada vez más peligrosa pues los carros pasan volando. Menos mal el policía de tránsito, vestido de verde perico y al que la mayoría de conductores insulta, la ayuda a realizar el peligroso cruce.

̶ Dios te bendiga muchacho.  ̶ Le dice ella ,dándole cariñosas palmadas en la cara.

Lleva consigo la sempiterna bolsa con migas de pan. Los pajarillos la saludan gorjeando y pronto bajan de los árboles para aprovechar el festín.

Llega la noche, el acostumbrado café, la telenovela, la copita de vino para consagrar que la ayudará a conciliar el sueño, la ilusión de volver a escuchar el llanto de Rolandito. Se mete a la cama vestida con su camisón de manta. Un ligero estremecimiento recorre, su cada vez más enjuto cuerpo, al sentir el abrazo de las frías sábanas. Reza una estación del rosario, lanza un suspiro, deja que los párpados cubran sus cansados ojos y se prepara para seguir borrando recuerdos de lo que pudo haber sido y no fue.

jueves, 2 de junio de 2016

AMOR DE MI VIDA


Aún recuerdo tu cuerpo desnudo apretado contra el mío cuando, entre sollozos, me develabas aquella amarga confesión:

―Te amo más que a nada en el mundo, pero esto nunca podrá ser. Mi padre me comprometió con uno de los nuestros.

A partir de ese día mi vida perdió sentido. La rabia, que circulaba por mis venas, impidió que nuevos amores anidaran en mi corazón.

Entré a la Universidad, me enrolé en el movimiento y canalicé mis frustraciones luchando contra los malditos opresores que le arrebataban todo, hasta el amor, a los privados de fortuna como yo. Con el paso de los años, mi reputación transcendió fronteras. Fue cuando me pidieron ir al Salvador. Allá querían acabar con un pez gordo, el presidente de la Asociación de Cafetaleros. Habían descubierto que acostumbraba asistir sin escolta a la sinagoga. Ese desafío me apasionó. Era algo con lo que soñaba. Nadie sospechaba las razones. Luego de analizar el terreno, montamos el operativo cerca de una rotonda, en donde forzosamente tenía que frenar. Una compañera, Susana, aceptó atravesarse para simular que la había atropellado. Todo salió a pedir de boca. Susana cayó al pavimento y comenzó a fingir convulsiones. Cuando el objetivo bajó a auxiliarla, lo cosimos a balazos.

Ese día, nadie sabe la razón, le acompañaba su familia. Lo poco que quedaba de mí, comenzó a desmoronarse cuando, a través de la puerta abierta del carro, observé los horrorizados ojos de su esposa. Unos ojos que conocía tan bien. Sin embargo, como combatiente veterano, recordé la consigna: No podíamos dejar testigos de nuestras acciones.

Con mano temblorosa levanté el cañón de mi arma y sentí cómo mi boca se llenaba de amargura, cuando me despedí de ella.

―Adiós amor de mi vida.

 

Última hora: Un comando subversivo acaba de ultimar al presidente de la Asociación de Cafetaleros en la rotonda del Salvador del Mundo. Uno de los subversivos pereció también. Aparentemente se le escapó una ráfaga que lo mató de manera instantánea. Los paramédicos condujeron a la esposa del empresario a un sanatorio cercano, pues sufrió un shock nervioso. Las autoridades persiguen al resto del comando de asesinos.

lunes, 30 de mayo de 2016

EL CALLEJÓN DE LOS DOLORES


No me gusta mentirle a Isabel pero, en ocasiones, el fin justifica los medios. Estaba seguro que, si le contaba a dónde iríamos con Dany, no nos dejaría salir de la casa.  Ella no olvida aquella noche, cuando al calor de unos tequilas, se me escapó la historia.  No la culpo. Es frustrante luchar contra un recuerdo, competir contra alguien que jamás envejecerá y que ha quedado idealizada en la memoria.

Tenía años de no venir por aquí. La última vez fue cuando murió la hermana de mi madre, una espigada anciana que jamás expresaba sentimientos y que nunca se casó. Meses después vendí la casa, asumí un nuevo papel en la vida y sepulté a aquel niño, que en la flor de la adolescencia, conoció el amor en una muchachita de grandes ojos cafés.

A principios de los sesentas, mamá invirtió sus ahorros y solicitó un préstamo para comprar una derruida casa de principios de siglo, justo detrás de la facultad de medicina.  En la parte que daba a la avenida, abrió una pequeña despensa. Allí vendíamos ropa interior (para damas, caballeros y niños), cosméticos, artículos de higiene personal, útiles escolares y regalos (para toda ocasión). Desde los nueve años, por las tardes, me convertí en “subgerente” de la despensa. Mientras mamá atendía cosas de la casa, yo hacía mis tareas sentado en un banco de madera y con mis cuadernos sobre el mostrador. Me esforzaba por atender a los clientes sin solicitar la ayuda de mamá y me concentraba en no equivocarme al cobrar.

Una tarde, cuando tendría unos diez años, me tomaron desprevenido tres bulliciosas adolescentes. He olvidado el aspecto de dos de ellas, en mi memoria solo quedó grabada la imagen de la chica alta y delgada, cuyo cuerpo comenzaba a mostrar las redondeces que atraen a los hombres y que resaltaban debajo de la blusa blanca y la falda de paletones azul, de su uniforme.  Su piel era tersa y sonrosada, al sonreír mostraba una dentadura perfecta, su dorada cabellera llegaba a los hombros, pero su rasgo distintivo eran los grandes y luminosos ojos cafés.  ¿Para qué voy a negarlo? Fue un amor a primera vista, alimentado por el beso en la mejilla y las dulces palabras que me dirigió al despedirse:

̶  Adiós guapito.

Desde aquel día y por más de cinco años, esperé ansioso su paso frente de la despensa. Con el paso de los meses se convirtió en una bella joven, rebosante de vida. Descubrí que vivía a la vuelta, en el callejón, en una de esas viejas casas hechas de adobe, que solo de milagro se mantenían de pie. Cuando tenía doce años, cerraron la cuadra para celebrar los quince de mi adorada, con los ojos llenos de lágrimas escuché la algarabía. Me dolía no haber sido invitado pero, por otro lado, comprendía que para ella yo solo era el guapito de la tienda de la esquina, ¿qué chica de quince años se fijaría en un niño de doce?  Tenía quince cuando ella dejó de pasar por las tardes. Supongo que había comenzado a trabajar. Alguna vez la vi pasar, pero no me reconoció,  yo ya no era el guapito al que ella encantó un lustro atrás.

Entré a la facultad de medicina en mil novecientos setenta y tres. Desde niño anhelé ser médico y mamá me apoyó para perseguir mi sueño. En la madrugada de cuatro de febrero de mil novecientos setenta y seis dormitaba en el Hospital General, a dos cuadras de mi casa, cuando sentí una violenta agitación de la tierra, escuché el estruendo de los vidrios que estallaban y de algunos muros que se derrumbaban. Con la angustia oprimiendo mi pecho, comprendí que no era uno de esos temblores, que con regularidad nos sobresaltaban. Mis primeros pensamientos fueron hacia mamá, que dormía sola en nuestra vieja casa. Rompiendo los protocolos, escapé del hospital para ir a buscarla.

Por fortuna, la casa seguía en pie, mamá no había sufrido ningún daño, pero nuestro callejón estaba irreconocible. Una espesa nube polvo impedía ver más allá de unos pocos metros. Con el corazón a punto de salírseme del pecho, eché a correr. Mis temores resultaron acertados. La casa de la muchachita de los grandes ojos cafés se había desplomado, un silencio aterrador y el aullido de los perros era lo único que alcancé a escuchar. Como loco comencé a apartar pedazos de adobe y madera sin saber con exactitud dónde o a quien buscar. En cuestión de minutos, otras personas se unieron a mis esfuerzos. Cuando el sol comenzó a iluminarnos, habíamos rescatado cuatro cadáveres, uno era el de ella. Murió con un bebé en brazos. Nunca sabré si era su hijo o algún hermanito.

La semana pasada se cumplieron treinta y tres años de aquella tragedia. Tal vez por eso la soñé y me nació el deseo de regresar al barrio, a este callejón que tantos dolores trae a mis recuerdos.

Hace veinte conocí a Isabel, una preciosa chiquilla de grandes ojos cafés que tres años después se convirtió en mi esposa. Dany es el fruto de nuestro amor. Hoy tiene diez años, la misma edad que yo tenía cuando la conocí. ¿Saben una cosa? Jamás supe cómo se llamaba el primer amor de mi vida.

De pronto me jalaron el brazo. Entonces reparé que, a causa de mis divagaciones, había olvidado que Dany iba conmigo.

̶ Papi, tengo hambre. ¿A qué hora regresaremos a la casa?

Con un nudo en la garganta y los ojos a punto de desbordárseme, le respondí.

̶  Perdóname guapito. Vamos a buscar a mami.

sábado, 28 de mayo de 2016

LEYENDAS DE MI PUEBLO


I

El tal Juanito siempre me pareció medio raro.  Eso de andar por el parque arrastrando una correa no es de gente normal.

–Comadre no sea ingrata. El pobrecito venía condenado desde que nació.  Recuerdes a la nana.  Solo alguien bien chiflado pudo meterse con ella.

–Tiene razón, pero a causa de sus malos pasos todos vamos a pagar las consecuencias. 

–Y qué le vamos a hacer.  Todos tenemos parte de culpa.  Debimos frenarlo cuando aún era tiempo. Si supiera la cantidad de veces que fui con el jefe municipal a decirle “Coronel, es mejor que encierren al Juanito”. Ese abusivo se reía de mí.  Arrepentido ha de estar ahora con lo que pasó.

En la mesa de la amplia cocina, se ve una bandeja con lustrosos chiles pimientos, una olla repleta de carne molida, mezclada con zanahorias y papas y varias docenas de huevos. En el otro extremo, el fuego de los leños danza al ritmo de las corrientes de aire que penetran por el ventanal. Sin embargo, Eulalia y Rosenda, están más interesadas en comentar el suceso que conmueve al pueblo que en terminar de preparar la comida.

– ¿Cree que lo dejarán preso por lo que hizo?

–Dios la oiga. Tal vez hoy no logró su objetivo, pero la próxima vez no fallará.

– ¡Ave María purísima! ¿Sabe que a mí, el Juanito me da lástima. Parece alma en pena vagando por las calles. A veces me dan ganas de llevármelo para la casa, lo que necesita es alguien que le de su comidita, lo mantenga limpito y lo apapache. ¿Ha visto sus ojitos? Son puros de niño dios, ¿y la boquita? Esos labios dan ganas de comérselos.

–Cuidado comadre.  Dios nos libre y usted acaba enredada con ese muchachito.

– ¿Cómo va a creer?  Si hasta mi hijo podría ser.

–Cuidado comadre, conmigo no se haga la santita. Luego de quince años de viudez no va a negarme que a veces el cuerpo necesita algo que la llene.

– ¡Comadre!

–No se sulfure. Se lo digo porque usted todavía se ve galana. Dicen que los años afectan menos a las que no han vivido con un hombre que las esté jodiendo.

–Dios se lo pague comadre, hoy si que me hizo el día. A usted no se le escapa nada. Le confieso que a veces me agarran unas calenturas… Cuando sucede, recuerdo el juramento que le hice al Esteban antes de entregarlo a la madre tierra, “mi canche, juro que te seré fiel hasta la muerte”, me echo varios guacalazos de agua helada y me pongo a rezar el rosario, le pido al Señor que me dé fuerzas para resistir a las tentaciones. Si  no es suficiente, me encierro en el cuarto, cierro los ojos y me sobo hasta que me viene el alivio.

Eulalia abre los ojos asombrada, tose varias veces y agita las manos como queriendo ahuyentar una invisible plaga de mosquitos.

– ¿Sabe qué? Paremos de tantos detalles. Mejor nos apuramos. ¿Ya vio qué hora es? Apenas llevamos una docena de chiles… a ese paso nunca vamos a terminar.

II

En el techo de una improvisada oficina en el húmedo sótano del palacio municipal, pende un bombillo presa de constantes desvanecimientos.  Sobre el viejo escritorio se ven dos botellas de aguardiente vacías. El cadencioso tictac de un reloj acompaña la agitada respiración del hombre moreno, fornido y de fría mirada, que sentado en una ruidosa silla no para de sudar a mares. Es Albino Zelaya, jefe de seguridad de la presidencia, quien rumia su preocupación.

Lo que sucedió va a costarme la cabeza.  Llevamos ocho años cuidando al general y el sistema jamás había fallado. Hice el recorrido dos días antes, pregunté a lo sinformantes si se sabía de algún peligro, coloqué hombres en puntos estratégicos. ¡Y esta mierda se cagó en todo! Lo peor es que apenas agarramos a un patojo, un cómplice o encubridor, el mero ejecutor se escapó. Quería darle una paliza a ese tal Juanito para ver si confesaba, pero algo me detuvo. Tal vez fueron sus ojos, como de venado asustado, que no apartaba de mí o porque al verlo tan enclenque, temí que con el primer golpe se iba al otro mundo. 

El general no ha querido darme audiencia, es mala señal. Solo la Andrea y el Haroldo han estado con él. Esa maldita colombiana alborota las hormonas de todos. Se ha hueveado un dineral, pero nadie se mete con ella porque es la querida del general. Solo que él ignora que a otros también les da el chiquito. En el caso de Haroldo, es al único al que le temo. Ninguna decisión importante se toma sin su consentimiento y no tiene escrúpulos para despacharse a los que se oponen a sus planes.  

Me costó aguantarme las carcajadas cuando el general rodó por el suelo.  Menos mal que nadie se dio cuenta. Al ver su cara ensangrentada, pensé que le habían volado los sesos, solo se había reventado la trompa al caer. Lo encontré tirado en el suelo y no paraba de temblar. Aproveché ese momento para desquitarme de las veces que me ha humillado en público. Le zampé un par de cachimbazos y le dije “tranquilizate hijo de puta”. Ojalá lo haya olvidado, porque si no, me llevó la chingada.  Apenas llegó el Haroldo, lo cubrieron con mantas y lo metieron a la limosina. 

No sé que hacer. Si digo que Juanito es el responsable, me tildarán de estúpido. Lo agarramos porque unas mujeres del pueblo lo acusaron. Solo logramos sacarle una palabra: Duque. Ni idea tenemos de lo que significa. 

La puerta, al abrirse, le provocó un sobresalto.

–Mi comandante.  Lamento informarle que el reo se nos fue.

III

El desasosiego se dibujaba en el rostro de aquella hermosa mujer, de ojos violáceos, nacarada piel y voluptuosas formas, apenas cubiertas por una traslúcida bata.

Al principio, cuando dijeron que había muerto, sentí un gran alivio. Solo así podré librarme de él. Al rato me preocupé, porque estoy segura que cuando él desaparezca, todos los que me odian buscarán desquitarse.  

Caminó con la gracia de una pantera hasta el balcón y observó el lugar del atentado. Algunas personas seguían comentando el suceso.

Mi única salvación sería que Peláez fuera su sucesor, aunque con él tengo dos problemas. Está casado y es un completo idiota.  Con el primero puedo lidiar. En cuanto a lo otro, llegó a comandante del ejército, porque a Federico no le gusta tener a gente inteligente cerca. Lo más seguro es, que si Federico desaparece, el repugnante Saldaña tomará el poder. ¡Ni en la peor de mis pesadillas me acostaría con él. A menos que me dieran el oro que guardan en el Banco Central.  ¡Ay no!  ¡Qué asco!

IV

Haroldo Saldaña, el Secretario de Seguridad del Gobierno, protegía sus ojos con unos lentes redondos y de gruesa armazón, vestía un ajado traje negro y caminaba como fiera enjaulada en una habitación cercana a la de Andrea.

¿Convendrá seguir con el cuento del atentado?  En su momento pensé que era una buena opción para ganar tiempo, ahora tendré que pensar en otras. No quiero involucrar a los subversivos, sería hacerles propaganda gratis. ¿Estará Peláez detrás de esto? Lo dudo. Ese gordinflón es un grandísimo idiota, le faltan huevos para algo así. A menos que alguien lo hubiera convencido de hacerlo para alcanzar el poder y solo una persona podría haberlo hecho… ¡Andrea! ¡Puta maldita! Hace tiempo debió desaparecer de mi vista, no quise quitarla del camino porque el general está embobado con ella.  La desgraciada, con tal de asegurar su posición, se ha acostado con todos… menos conmigo.  A mí solo me entrega su indiferencia. No imagina que podría regalarle la luna y las estrellas a cambio de unas migajas de su amor. ¡La odio! Algún día descubrirá lo que estaba cultivando con sus desprecios. Cuando no tenga la protección del general y venga de rodillas implorando misericordia, la obligaré a besarme los pies, luego me daré el placer de estrangularla con mis manos. Se despedirá de este mundo llevándose grabada la imagen del que realmente mandaba aquí, arrepentida de haberme tratado así.    

Sus reflexiones se vieron interrumpidas por voces y carreras en la calle.  Al abrir el balcón, vio que mucha gente se dirigía a la cárcel.

V

–Miren muchá, si es una broma les prometo que van a arrepentirse.

–Te juro Gato que es cierto. Adán, uno de los nuestros, estaba visitando a su familia y fue testigo del asunto.

– ¿Y por qué ningún medio ha dado la noticia?

–Sabés que el gobierno los tiene controlados.

–Decile a ese Adán que venga.

Casi de inmediato un jovencito, que no aparentaba más de diecisiete años y cuyo esquelético cuerpo era absorbido por la inmensidad del uniforme, se asomó a la puerta.

–Ordene comandante.

–Compañero, cuénteme qué pasó con el general.

–Sí señor. Como estaba de franco decidí visitar a mis padres justo en el día cuando el señor presidente… perdón señor, el odiado dictador, pasaría por el pueblo. Para serle sincero, no vi el accidente. Solo sé que se cayó de la moto cuando estaba atravesando el parque. Lo levantaron medio inconsciente, con la cara toda ensangrentada y de inmediato lo llevaron al hospital.  Entiendo que aún sigue allí.

– ¿Sabe si tomaron alguna represalia en contra de la población?

–No señor.  Aunque dicen que capturaron a un sospechoso.

–Gracias compañero.  Puede retirarse.

– ¡A la orden mi comandante!

El otrora capitán de infantería, Augusto Escudero, encendió un cigarrillo.  Reflexionó unos minutos y llamó a los miembros de su estado mayor.

–He decidido emitir un comunicado haciéndonos responsables por el atentado contra el dictador.

– ¿Te has vuelto loco?  Ni siquiera sabemos si en realidad fue un atentado.  En cuanto lo hagamos, el ejército lanzará una ofensiva contra nosotros para lavarse la cara.

–Precisamente eso es lo que estoy buscando.

Los demás le miraron asombrados. 

–Levantaremos el campamento de inmediato, antes del amanecer estaremos al otro lado de la frontera.  Cuando el ejército ataque, ni sombras encontrarán de nosotros.

–Si hacemos eso matarán a la gente que vive acá…  Masacrarán muchos inocentes…

–Es una lástima, pero así son las cosas. El fuego de la revolución se alimenta con las víctimas de la represión. En su sangre, sangre de mártires, mojaremos los estandartes de nuestra lucha.  Estoy seguro que, si el ejército ataca, terminará con las dudas de los demás pueblos y se nos unirán. Cuando triunfemos, levantaremos un santuario para recordar el sacrificio de nuestros amados compañeros.

El comandante se puso de pie y comenzó a preparar su armamento.

–Queda poco tiempo. Quiero que partamos en media hora. Voy a dictar el boletín.  Búsquenme a Arturo.

A los pocos minutos un guerrillero, que fácilmente pudiera haber sido confundido con un sacerdote, asomó la cabeza.

– ¿Me llamaste Gato?

–Sí vos, por favor tomá nota: 

“El heroico frente guerrillero Ernesto Guevara a los compañeros proletarios del mundo orgullosamente informa que, luego de una ardua tarea de inteligencia logró infiltrar los organismos de seguridad de la tiranía y montó un operativo de justicia revolucionaria contra el dictador, el cual fue consumado hoy…”

Al amanecer la columna se alejaba rumbo a México. Al anochecer solo quedaban restos quemados de aquel pueblo.

VI

Se nos ordenó mantener vigilancia permanente sobre el prisionero para evitar un bochorno. En cuanto Albino se entere, pagaré el descuido con mi pellejo.

El alcaide abrió la puerta del pequeño despacho y se dirigió a las celdas. O el pueblo era muy pequeño, o las noticias corrían muy rápido.

En su camino se encontró con Albino y con el padre Granados, párroco del pueblo. Al llegar ante las celdas, los guardias les franquearon el paso.  Las sorprendidas miradas de los tres se dirigieron al piso del lugar.  El sacerdote se persignó y comenzó una oración.

VII

Dos meses después

–Lo siento mi coronel pero esto se ha vuelto insoportable.  Vengo a presentarle mi renuncia, estoy a punto de volverme loco. Con la de anoche van tres veces. La primera vez callé porque estaba tomado y pensé que había sido fruto de mi imaginación.  La segunda estaba reponiéndome de una gripe y como todavía tenía mucha fiebre, pensé que había sido una alucinación, pero anoche estaba completamente sobrio y completamente sano.

El jefe municipal, un hombre en cuyo pálido semblante estaban grabados los excesos de más de cuatro décadas, echó la silla hacia atrás y colocando las manos sobre la barriga, esbozó una sonrisa burlona.

–Cálmese Eliseo.  Cuénteme lo que pasó.

–Disculpe señor pero no me atrevo a hacerlo. Solo de recordarlo se me pone la piel de gallina. Allí sucede algo sobrenatural.  Le suplico que me deje largarme. 

– ¡No me diga que usted también cree en ese cuento del Juanito y su perro!

Los ojos del guardián del parque parecían a punto de escapar de sus órbitas. Se puso de pie, tomó el sombrero y se abalanzó contra la puerta.

– ¡Me voy!  ¡Este pueblo está maldito!

– ¡Eliseo!  ¡Eliseo deténgase!  ¡Es una orden!

El aterrorizado hombre salió corriendo del despacho. Segundos después se escuchó un chirrido de frenos, un golpe seco y un inconfundible grito de agonía. 

VIII

El atentado y sus secuelas

Todos los días Juanito el simple paseaba por el parque. Las chismosas del pueblo sonreían nerviosas al ver al “loquito” arrastrando una raída correa. Juanito trataba de explicarles, en su indescifrable lenguaje, que estaba paseando a Duque, su perro invisible.

Aquel día todos comentaban con emoción el gran suceso ¡El presidente pasaría por allí en su visita al Santuario de la Virgen Negra! 

Por fin llegó el día esperado.

Era una mañana soleada y los vecinos esperaban en las aceras para vitorear el paso del “protector de la patria”. El general atravesaba la calle que dividía el parque cuando perdió el control de su Harley y rodó por el suelo. Parecía un accidente, pero un rumor comenzó a cobrar fuerza: ¡Había sido un atentado!  Las chismosas del pueblo fueron con el jefe de seguridad a señalar al responsable: Juanito. 

El Juanito, descalzo, mugriento, con su eterna sonrisa desdentada y sus agujereados pantalones que le llegaban a los tobillos, paseaba por el parque arrastrando su correa, cuando dos malencarados policías lo detuvieron. Fue a dar a la cárcel acusado de atentar contra la vida del presidente. Su estadía en prisión no pasó de una noche. Al siguiente amanecer los guardias encontraron su cuerpo frío, tieso, acurrucado en una esquina de la celda.  

Algo inexplicable ocurre, desde entonces, en aquel poblado de sinuosas callejuelas y casas de adobe y teja que reposa al pie de dos majestuosos volcanes: Cada vez que un aterrado vecino asegura que ha visto a una figura espectral paseándose por los senderos del parque acompañado de un enorme perro blanco… A los pocos días fallece una de las chismosas del pueblo.

jueves, 19 de mayo de 2016

BREVE RELATO


BREVE RELATO DE LO QUE PENSÉ CUANDO LLEGUÉ TARDE A LA ESTACIÓN, POR CULPA DE UN TAXISTA DESPISTADO QUE TOMÓ LA RUTA EQUIVOCADA Y VI CÓMO EL ÚLTIMO TREN DE ESE DÍA SE ALEJABA, MIENTRAS MI ESPOSA ME ESPERABA A CUATROCIENTOS KILÓMETROS DE AQUÍ, HABIENDO ESTADO SEPARADOS POR MÁS DE UN MES A CAUSA DE MI TRABAJO, TIEMPO EN EL QUE VENCÍ LAS TENTACIONES DE LA CARNE Y RESPETÉ MI PROMESA DE SERLE FIEL

 

 

¡Maldición!

LOS CONQUISTADORES


Tras cinco semanas de camino, los extenuados miembros del grupo expedicionario se preguntaban, si alguna vez alcanzarían el destino prometido.  Días antes, luego de estar a punto de ser arrastrados por un caudaloso río, decidieron apartarse de sus riveras y se internaron en la que resultó siendo, una interminable cadena de montañas. Habían perdido la cuenta de cuántas cimas habían conquistado, para descubrir que solo era una más en el laberinto en el que estaban atrapados. 

Más que lealtad, era el temor lo que los mantenía unidos. Ninguno deseaba quedarse solo en ese inhóspito territorio y la palabra retorno era algo impensable.  Si la historia hubiera quedado congelada en aquel instante, les hubieran recordado como un anónimo grupo de aventureros, hermanados por la marca de la deshonra, perdidos en la cordillera y que juraron permanecer unidos hasta encontrar fortuna o muerte.

Sosteniéndose a duras penas sobre su montura, cabalgaba el alguna vez favorito de Hernán Cortes, don Jaime de Portocarrero. Tostado por el inclemente sol que cada día los torturaba por más de doce horas. Vestía la que había sido una delicada camisa blanca cuya tela, ahora desgarrada y empapada de sudor, se aferraba a los enjutos músculos de su dueño, como queriendo disuadirle de esa locura.  El otrora pulcro don Jaime tenía el rostro demacrado, las mejillas hundidas, estaba cubierto por una gruesa capa de mugre, sus crecidos cabellos y barbas se veían cenizos de suciedad.  Sin embargo, aún en esa malhadada hora, resaltaba la firmeza de su mirada, que escudriñaba el horizonte con la esperanza de avizorar alguna eventualidad que le permitiera lavar su mancillada reputación.

Tres días de camino los separaban del último lugar en dónde se habían aprovisionado de agua. Las lúgubres resonancias que provocaban las cantimploras, al chocar contra los restos de las armaduras, parecían presagiar un aciago final. Era el catorce de noviembre del año del Señor de mil quinientos veintitrés y aunque ninguno de ellos lo sabía, debajo de esas piedras, que parecían ser lo único que prosperaba en aquellas áridas montañas, se ocultaban abundantes vetas de minerales preciosos, que una vez descubiertas y debidamente explotadas, los convertirían en los hombres más acaudalados que hubiesen pisado América.

A la saga del grupo, trastrabillando, iba Diego Pedroza, un mozo tlascala de apenas quince años. Diego era el único del grupo que no se sentía atado al juramento hecho a don Jaime. Él simplemente seguía a su amo, el padre Francisco, un sacerdote jesuita que acompañaba al grupo de aventureros, imbuido por el deseo de difundir el evangelio entre las tribus que habitaban aquellos territorios.  Diego no pasaría a la historia por las riquezas que llegaría a amasar sino por algo más perdurable. Gracias al padre Francisco, había aprendido a leer y escribir. Sus memorias, preservadas de la censura, escandalizarían a los historiadores al narrar las glorias y desventuras de don Jaime de Portocarrero, en su viaje por las Américas. 

(Según los manuscritos de Diego el ambicioso hidalgo, acompañado por un grupo de conspiradores, había escapado de Tenochtitlán la noche anterior a la fecha fijada para ser ajusticiado por haberlo descubierto negociando, con los herederos de Moctezuma, la entrega de Hernán Cortés, a cambio del tesoro del templo mayor. Cortés ordenó a otro de sus capitanes, don Pedro de Alvarado, que los persiguiera y le trajera la cabeza del conspirador. Al cabo de tres meses, Alvarado regresó con las manos vacías. La última noticia que había tenido de los traidores era que se habían internado en una tierra inhóspita, en donde con seguridad les esperaba una muerte atroz. Cortés ordenó borrar los anales del hecho. Estaba convencido que el olvido sería el menor de los males, para preservar la imagen de los conquistadores ante la Corte de España.)

Al mediodía los hombres de Portocarrero se prepararon para enfrentar la que, intuían, sería su postrer jornada en la tierra. Luego de implorar perdón por sus pecados, recibieron de manos del padre Francisco los fragmentos de la última hostia consagrada y se dispusieron a caminar hasta donde las fuerzas les permitieran. Al caer el sol sacrificaron al caballo de don Jaime y bebieron su sangre. Casi a rastras, alcanzaron una nueva cumbre y fue allí, bajo un manto de rutilantes estrellas, cuando descubrieron el giro que su fortuna acababa de dar. En la ladera de la montaña, frente a ellos, observaron incontables fogatas encendidas sobre el muro que protegía a Ixcolajhi (el hogar de los hijos de dios).  Impresionados, se postraron ante el Altísimo en señal de agradecimiento. 

Ningún expedicionario pegó los ojos aquella noche, imaginando lo que harían con las riquezas que obtendrían al saquear la ciudad.  Al siguiente día discutieron la estrategia para apoderarse de ella. No sólo eran pocos y mal armados, sino que carecían de fuerzas para asaltar la fortaleza. La desesperación aguzó el ingenio de uno de los castellanos, don Rodrigo López.

Por lo que he podido observar, es imposible que en ese lugar existan fuentes de agua. El aprovisionamiento tiene que venir de otro lado. Propongo que lo busquemos.  Si nos apoderamos de él, los venceremos de sed.

Nos planteas algo imposible.  –Le refuto don Alonso de Ojeda.

No nos quedan fuerzas para escalar otra cumbre.

Don Jaime terció en la discusión.

No tenemos alternativa.  Enviaré a Diego a husmear por los alrededores. Si nos confirma lo que supone Rodrigo, echaremos a suertes los nombres de quienes me acompañarán a buscar el nacimiento del agua. Mientras tanto, descansemos. Comamos la carne de mi caballo, eso nos ayudará a recuperar fuerzas.

Días después, bajo el abrasador sol, cuatro figuras trepaban penosamente por los acantilados.  Tras ímprobos esfuerzos localizaron el nacimiento que proveía a la ciudad. Se disponían a acarrear piedras para bloquear el paso del agua, cuando don Jaime propuso. 

Seamos sinceros. No tenemos tiempo para esperar a que esos malditos se rindan de sed.  Defequemos para envenenar las aguas.

Rodrigo cuestionó airadamente la orden.

Jaime, esta sería una infamia mayor que la que empleó Cortés para acabar con los aztecas.  Pongo a Dios por testigo que jamás aceptaré algo así.

Sus protestas fueron acalladas por el acero de don Jaime.  Juan Pereira y Diego Pedroza observaron en silencio la artera acción del señor de Portocarrero. Minutos después, el cuerpo de don Rodrigo era tragado por las diáfanas aguas del nacimiento. La leyenda convirtió, al “desgraciado hidalgo”, en el único héroe ibérico que entregó su vida en la conquista de Ixcolajhi.

Sobrevivieron dos semanas alimentándose de los cultivos que crecían en la ladera trasera que conducía a la ciudad, a diario contaban las fogatas que se encendían para inmolar los cadáveres de las víctimas de la plaga. Cuando las fogatas mermaron, entraron en la ciudad. Pocas almas les salieron al paso, arrastrándose, presas de intensos dolores. Las espadas de los hombres de don Jaime pusieron un rápido fin a sus sufrimientos. La última en morir fue una anciana, que luego de presenciar la conducta de esos barbados cristianos, lanzó una maldición sobre ellos y sus descendientes.

El seis de diciembre, una inmensa pira se elevó hacia el cielo, consumiendo los últimos cadáveres. Ese atardecer, los catorce aventureros, de rodillas y con la cabeza inclinada, escucharon cómo el padre Francisco, asistido por Diego, consagraba la ciudad a Santa Bárbara y nombraba como gobernador del territorio a don Jaime de Portocarrero.  Al momento de repartir los cargos, don Jaime compró el silencio de Pereira nombrándolo alguacil mayor de la nueva provincia. 

Luego de tres años, que cobraron la vida de miles de esclavos capturados en los alrededores, Santa Bárbara había tomado forma. Su fama de recompensar con riquezas a aquellos que asumían el riesgo de asentarse en ese inhóspito territorio, generaba un flujo importante de emigrantes de la península. De pronto, la maldición pareció materializarse. Un brote de fiebre, se coló hasta Santa Bárbara . De nada sirvió la cuarentena o las rogativas y las penitencias que se realizaron. 

Era medianoche y don Jaime, a quien la preocupación no le dejaba dormir, sintió el aguijón del hambre. Como los sirvientes ya se habían acostado, decidió ir a la cocina.  Caminaba en la oscuridad cuando divisó una luz que provenía del establo. Temiendo que estuvieran robando sus caballos, desenvainó la espada, se acercó sigilosamente y espió por una hendidura entre los maderos. 

Los sirvientes que suponía durmiendo estaban al fondo, de rodillas, murmurando extrañas oraciones frente a un ídolo de piedra.  Su celo cristiano le empujaba a interrumpir la ceremonia, pero la lógica y la desesperación le detuvieron. Era incuestionable que, su Dios y su séquito de santos, eran incapaces de detener la peste que se cebaba contra los extranjeros, ya que la mayoría de indígenas parecían inmunes a sus estragos. Apenas conteniendo su asombro, concluyó que tal vez frente a él estaba la explicación a esa aparente inmunidad. Luego de algunos minutos abandonó el lugar tan sigilosamente como había llegado.

Don Jaime, como muchos conquistadores, en tanto conseguía una pareja -digna de su alcurnia- para asegurar su descendencia, saciaba sus necesidades con alguna nativa de las regiones bajo su dominio.  La mañana siguiente, mientras acariciaba el moreno cuerpo de Anunciación, el nombre que el castellano había dado a la joven que gozaba de sus favores, le contó lo que había visto.  Conforme avanzaba en su relato, ella comenzó a temblar, los ojos se le llenaron de lágrimas. Don Jaime trató de calmarla.

No temas. Te doy mi palabra que no les pasará nada.  Sólo dime que estaban haciendo.

Ella respondió con su escaso dominio del idioma.

Patrón. Rama, la madre tierra, está ofendida con los tuyos. Primero profanaron la morada de su hija Ixcalah, nuestra diosa del agua, luego destruyeron el templo de su hijo Rumancaj, el señor del fuego. Ustedes no le han mostrado respeto, ella se cansó de esperar y anunció que va a destruirles.

Don Jaime sonrió.

Por Santiago mujer, no blasfemes. No hay nadie más poderoso que Nuestro Señor Jesucristo. 

Para confirmarlo, esa misma tarde solicitó al padre Francisco que oficiara una misa en el establo. Menos de una semana después, el devoto sacerdote entregaba su alma al señor. 

Al llegar la noche, del día cuando el cuerpo del misionero fue devuelto a la tierra,  don Jaime se unió al grupo de fieles que, cabeza en tierra, rogaban clemencia a Rama. En ese momento, uno de los indígenas cayó a suelo víctima de convulsiones. Con los ojos trabados y la boca llena de espuma, comenzó en pronunciar ininteligibles palabras. Anunciación le tradujo el mensaje.

A la mañana siguiente, don Jaime ordenó que los cadáveres fueran trasladados lejos de la ciudad y quemados de inmediato. Al cabo de una semana, la peste dejó de cobrar víctimas. 

En la mansión del capitán general se construyó un subterráneo, justo debajo del improvisado altar ubicado en el establo. La excavación iba a medias cuando localizaron un nacimiento de agua. Don Jaime lo interpretó como una confirmación de que hacía lo correcto. Rama encontró una nueva morada. Por siglos pasaría allí, recibiendo la secreta veneración de los descendientes del señor de Portocarrero, rodeada de una fuente y de un pebetero siempre encendido, para homenajear a sus hijos.